Visualiza todas las cosas con la forma de la sílaba hūṃ mientras recitas la sílaba. Cualquier cosa que surja, sea interna o externa, se convierte en hūṃ. Todos los pensamientos se convierten en hūṃ. Todas las cosas se convierten en hūṃ; una piedra pequeña se convierte en un hūṃ pequeño, un árbol grande se convierte en un hūṃ grande.
Cuando practicamos la recitación de hūṃ, lo hacemos produciendo el sonido en la boca sin cerrar los dientes. Siempre debe haber un espacio entre ellos.
En esta práctica se unen tres cosas en esta sílaba hūṃ: el viento, la conciencia y las apariencias. Realiza esta práctica durante aproximadamente diez minutos.
Recita la sílaba hūṃ mientras realizas la siguiente visualización. Visualiza el universo entero, tanto lo cercano como lo lejano, y todos sus elementos, con la forma de la sílaba hūṃ. Imagina los objetos grandes como hūṃs grandes, y los pequeños y diminutos como hūṃs diminutos.
Visualiza todas estas sílabas viniendo desde cada rincón del universo y entrando en tu cuerpo a través de las puertas de los sentidos. A medida que entran en el cuerpo, transforman todos tus elementos internos en la sílaba hūṃ.
De nuevo, sus tamaños dependen del elemento y del tamaño del elemento que reemplazan, hasta que todo el cuerpo esté lleno nada más que de la sílaba hūṃ. Haz este ejercicio durante aproximadamente diez minutos.
Aquí hay otra forma de recitar la sílaba hūṃ. Dila con mucha fuerza, muy rápido y muy poderosamente. Mientras la dices, las sílabas dentro de ti salen hacia afuera, irradiando desde tu centro en todas las direcciones.
Cada sílaba se proyecta en todas las direcciones como balas disparadas por una ametralladora, yendo extremadamente rápido, extremadamente poderosas. Cada una es como una bala tan fuerte y rápida que penetra a través de todo.
Nada puede obstruirla, ni árboles, ni rocas, ni siquiera montañas. Nada puede oponérsele.
La sílaba hūṃ en todas sus formas y tamaños dentro de ti, irradia hacia afuera en todas las direcciones de esta manera. Visualiza que sale sin que nada la obstruya. Practica este método durante aproximadamente diez minutos.
Ahora medita en una sola sílaba hūṃ en el espacio frente a ti, o si prefieres, en tu corazón, garganta o cabeza. Si prefieres tener la forma real allí frente a ti, puedes colocar un libro o una página con la sílaba hūṃ y simplemente mirarla.
En cualquier caso, medita solo en esta sílaba con los ojos abiertos o cerrados, como gustes. Deja que tu mente se relaje en la sílaba. Practica esto durante aproximadamente diez minutos.
Ahora medita en la respiración. Aquí es importante tener en cuenta que tu conciencia debe estar solo en la respiración, en meramente observar el flujo del aliento saliendo de la nariz y volviendo a entrar. Puedes enfocar tu conciencia en algún punto del área justo frente a la nariz para experimentar el flujo del aliento hacia adentro y hacia afuera.
Es importante no pensar en ello, no conceptualizarlo, no pensar: “Ahora el aliento fluye hacia afuera. Ahora el aliento fluye hacia adentro”. Más bien, meramente obsérvalo. Practica esto durante aproximadamente diez minutos.
Ahora enfócate simplemente en relajar tu cuerpo desde el interior, de modo que toda el área dentro de tu pecho esté muy relajada y cómoda. Especialmente el área alrededor del vientre debe estar muy relajada y abierta. Practica esta meditación silenciosa durante aproximadamente diez minutos.
En todos los diversos tipos de meditación, hay ciertos problemas que generalmente surgen cuando meditas. Estos problemas pueden resumirse en dos tendencias que perjudican tu meditación.
(1) El hundimiento de la mente, que se asocia con la somnolencia y el letargo. La mente y la atención se hunden, como si colapsaran o cayeran hacia adentro, por lo que te da sueño.
(2) Una tendencia a la dispersión donde tu atención va de un lado a otro hacia todo tipo de cosas diferentes, por lo que te distraes mucho.
Estas son las dos tendencias que deben tratarse en el proceso de meditación.
Con el hundimiento de la mente, te sientes pesado y algo confuso, el foco cae hacia el centro, te cansas, tus ojos comienzan a cerrarse y pierdes el objeto de tu meditación.
El antídoto es abrir las puertas de los sentidos; por ejemplo, abrir un poco más los ojos. Cuando la mente se hunde, los párpados comienzan a pesar y los ojos tienden a cerrarse más y más, como si se estuvieran enfocando en una dirección más hacia adentro que hacia afuera. Entonces, el antídoto es abrir más los ojos, casi como si trataras de extender tus globos oculares. Empujas la energía hacia afuera y abres los ojos en lugar de dejar que todo venga hacia adentro y los ojos se cierren.
Haces lo mismo con las otras facultades sensoriales, como tus oídos. Al hacer esto, los oídos se vuelven muy sensibles y captas sonidos externos. Ahora bien, esta práctica no es, por supuesto, para que te distraigas con esos sonidos, sino para aclarar más la mente, hacer que se extienda hacia afuera para que el nivel de atención a todo lo que sucede sea mayor. Debido a que esta falta es de pérdida de atención y somnolencia, aumentas la atención enfocándote en las facultades sensoriales y abriéndote más.
Aquí la mente se asemeja a un águila que va a pescar, escrutando las aguas y prestando mucha atención a lo que sucede allá en el agua. A la primera señal de un pez acercándose a la superficie, el águila está lista para lanzarse en picada y atraparlo. La meditación requiere precisamente tal estado mental, muy alerta y muy consciente de lo que está sucediendo.